Cuando salió disparado por el pene de su padre, aceleró un poco,
mantuvo la dirección norte y cuando sintió el roce de los miles de
hermanos que llevaba junto a él, sintió que no llegaría a la meta.
Aceleró nuevamente cuanto pudo, movió su larga y transparente cola
y empujó hacia delante. Atrás venía una oleada de espermas y todos
querían llegar al mismo sitio.
Como pudo, dio un giro a la derecha y logró adelantar la cuadrilla en la que venía, agudizó la mirada y
pudo ver la meta: en lo profundo, estaba el óvulo. Una gritería
espantosa hicieron sus hermanos al apreciar la rosada meta, pero él
en silencio, aprovechó al máximo sus fuerzas y en un esfuerzo jamás
experimentado se lanzó como una bala hacia la tersa y jugosa piel
del óvulo materno.
Fue un encuentro, puesto que el óvulo estaba allí a la espera, y
cuando se unieron, tanto el esperma como el óvulo, fueron dejando
sus características iniciales para convertirse en una sola célula, un
diminuto punto rojo que luego fue dividiéndose en dos y luego en
otras partes que a la vez se fueron dividiendo en otras; y un sueño
plácido lo fue envolviendo mientras se volvía una masita de células
que se multiplicaban lentamente, hasta que se quedó dormido.
Lo despertó un ligero movimiento. Un vaivén movía lentamente la
cabina donde flotaba. Se movió un poco hacia la pared de la
cabina. La recorrió lentamente hasta que sintió que algo le templaba
en la barriga. ¡Vaya problema, estoy pegado a esa cosa! Un grueso
cordel estaba pegado a su barriga y lo conectaba con la cabina.
Seguía extrañado. Tenía una forma para él desconocida. Ya no
recordaba el momento de la unión. Ahora era algo con manos, con
piernas pequeñitas y una cabeza. Y pensar en eso le cansó, y el
sueño volvía y entonces durmió otra vez.
Cuando despertó pasó algo maravilloso: había sentido que le
faltaba algo, como si las ganas de andar por la cabina se le
bajaran, entonces por el cordel le llegó una sensación de calidez y
frescura al mismo tiempo, como si nuevas energías lo invadieran. Y
ya no pensó mal del cordel. Así que cuando se sentía cansado
pensaba en el cordel y por el cordel le bajaba esa sensación tan
rica.
Los instantes eran largos, le daba sueño y dormía, y cuando se
despertaba le había ocurrido otra cosa nueva. Una vez se despertó
con una manito en la boca. ¡Tenía boca! Le gustó chupar y siguió
chupando hasta que..., sí, se quedó dormido.
Otro día escuchó golpecitos en su cabina. Alguien trataba de
comunicarse con él, entonces se puso muy feliz. Afuera había
alguien que quería decirle algo, y empezó a dar patadas con sus
piernitas. Y escuchó algo, un sonido delicado venía hasta él, y sonrió. Y siguió dando pataditas muy contento hasta que, como ya
era su costumbre, se volvió a dormir. Pero cuando despertó quiso
saber qué había allá afuera, quién lo despertaba y le cantaba
canciones.
Así, a la vez que fue acostumbrándose a estar en esa cabina,
navegando y disfrutando de la placidez que le brindaba, un interés
en salir lo confrontaba. Fue su primera crisis existencial. Pero lo
terrible llegó un día. La cabina empezó a moverse y a moverse, y un
remolino espantoso lo expulsaba hacia afuera, y él que ya se había
acostumbrado a ese lugar quiso aferrarse pero también se alegró de
poder salir, y en esa indecisión lo sorprendió una luz intensa y los
gritos de su propio llanto.
Cuando la comadrona lo alzó en vilo, ensangrentado y lloroso, para
cortarle el cordón umbilical, dio un grito horrible al darse cuenta de
que había perdido de una vez para siempre su apreciado lugar;
pero sus ojos su piel y su nariz, sus manos y todo su cuerpo sintieron
el nuevo espacio y su llanto se hizo más calmado hasta que se calló
definitivamente cuando se sintió en los brazos de un ser que lo
besaba y acariciaba tiernamente, y entonces, sintió que la pérdida
no era pérdida y que quizás este nuevo espacio sería mejor que
aquel que había abandonado: ese apacible hogar llamado vientre.
Jaime Rivas Díaz

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