martes, 15 de octubre de 2019

Lectura: Un apacible hogar llamado vientre

Cuando salió disparado por el pene de su padre, aceleró un poco, mantuvo la dirección norte y cuando sintió el roce de los miles de hermanos que llevaba junto a él, sintió que no llegaría a la meta.

Aceleró nuevamente cuanto pudo, movió su larga y transparente cola y empujó hacia delante. Atrás venía una oleada de espermas y todos querían llegar al mismo sitio.

Como pudo, dio un giro a la derecha y logró adelantar la cuadrilla en la que venía, agudizó la mirada y pudo ver la meta: en lo profundo, estaba el óvulo. Una gritería espantosa hicieron sus hermanos al apreciar la rosada meta, pero él en silencio, aprovechó al máximo sus fuerzas y en un esfuerzo jamás experimentado se lanzó como una bala hacia la tersa y jugosa piel del óvulo materno.

Fue un encuentro, puesto que el óvulo estaba allí a la espera, y cuando se unieron, tanto el esperma como el óvulo, fueron dejando sus características iniciales para convertirse en una sola célula, un diminuto punto rojo que luego fue dividiéndose en dos y luego en otras partes que a la vez se fueron dividiendo en otras; y un sueño plácido lo fue envolviendo mientras se volvía una masita de células que se multiplicaban lentamente, hasta que se quedó dormido.

Lo despertó un ligero movimiento. Un vaivén movía lentamente la cabina donde flotaba. Se movió un poco hacia la pared de la cabina. La recorrió lentamente hasta que sintió que algo le templaba en la barriga. ¡Vaya problema, estoy pegado a esa cosa! Un grueso cordel estaba pegado a su barriga y lo conectaba con la cabina. Seguía extrañado. Tenía una forma para él desconocida. Ya no recordaba el momento de la unión. Ahora era algo con manos, con piernas pequeñitas y una cabeza. Y pensar en eso le cansó, y el sueño volvía y entonces durmió otra vez.

Cuando despertó pasó algo maravilloso: había sentido que le faltaba algo, como si las ganas de andar por la cabina se le bajaran, entonces por el cordel le llegó una sensación de calidez y frescura al mismo tiempo, como si nuevas energías lo invadieran. Y ya no pensó mal del cordel. Así que cuando se sentía cansado pensaba en el cordel y por el cordel le bajaba esa sensación tan rica.

Los instantes eran largos, le daba sueño y dormía, y cuando se despertaba le había ocurrido otra cosa nueva. Una vez se despertó con una manito en la boca. ¡Tenía boca! Le gustó chupar y siguió chupando hasta que..., sí, se quedó dormido.

Otro día escuchó golpecitos en su cabina. Alguien trataba de comunicarse con él, entonces se puso muy feliz. Afuera había alguien que quería decirle algo, y empezó a dar patadas con sus piernitas. Y escuchó algo, un sonido delicado venía hasta él, y sonrió. Y siguió dando pataditas muy contento hasta que, como ya era su costumbre, se volvió a dormir. Pero cuando despertó quiso saber qué había allá afuera, quién lo despertaba y le cantaba canciones.

Así, a la vez que fue acostumbrándose a estar en esa cabina, navegando y disfrutando de la placidez que le brindaba, un interés en salir lo confrontaba. Fue su primera crisis existencial. Pero lo terrible llegó un día. La cabina empezó a moverse y a moverse, y un remolino espantoso lo expulsaba hacia afuera, y él que ya se había acostumbrado a ese lugar quiso aferrarse pero también se alegró de poder salir, y en esa indecisión lo sorprendió una luz intensa y los gritos de su propio llanto.

Cuando la comadrona lo alzó en vilo, ensangrentado y lloroso, para cortarle el cordón umbilical, dio un grito horrible al darse cuenta de que había perdido de una vez para siempre su apreciado lugar; pero sus ojos su piel y su nariz, sus manos y todo su cuerpo sintieron el nuevo espacio y su llanto se hizo más calmado hasta que se calló definitivamente cuando se sintió en los brazos de un ser que lo besaba y acariciaba tiernamente, y entonces, sintió que la pérdida no era pérdida y que quizás este nuevo espacio sería mejor que aquel que había abandonado: ese apacible hogar llamado vientre.

Jaime Rivas Díaz




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