No lejos de allí bullía la vida salvaje que, a pesar de su salvajismo,
guardaba un orden misterioso. Las plantas crecían libremente y
existía una gran variedad de flores.
Los antílopes y los venados pastaban despreocupadamente, y
además de hierba consumían hojas frescas de otras plantas. Los leones, por su parte, cazaban antílopes y venados; pero su cacería
no afectaba la vida de las manadas, porque sólo cazaban a los
ejemplares más débiles o viejos, mientras que los ejemplares fuertes
y jóvenes seguían multiplicándose.
Había abundancia de pájaros y también de bulliciosos monos,
espigadas avestruces y astutos zorros.
Muy cerca de la aldea corría un río cristalino y caudaloso, y allí
bebían todos los animales de la selva por turnos para evitar
conflictos.
Una tarde de verano, cuando el sol brillaba en el cielo como una
pelota roja y gigantesca, llegaron a la aldea cinco hombres blancos,
armados con poderosos fusiles, y reclamaron la presencia del jefe de
la tribu. Cuando éste se hizo presente, los hombres blancos, a través
de un traductor, le pidieron permiso para cazar venados y antílopes,
con el fin de enviar su carne a los mercados de Europa. Inicialmente
el jefe desechó tal posibilidad, pero después de varias horas de
conversación, y deslumbrado por los collares de piedras artificiales y
los relucientes espejos que recibió como regalo de los blancos,
terminó por acceder.
Los hombres blancos se alegraron por esta decisión,
favorable para ellos pero desfavorable para los nativos,
y al día siguiente comenzaron la matanza de antílopes y
venados.
La carne de los venados era transportada en camiones
frigoríficos que llegaron hasta allí desde un puerto
marino situado a 20 millas del lugar. La matanza se
prolongó durante cuatro semanas.
Cuando los hombres blancos terminaron con todos los
venados y antílopes, desaparecieron con sus camiones,
tal como habían llegado. Pero la sangre de los animales
muertos había fecundado el suelo, y las flores de las
plantas comenzaron a abrir sus corolas con pétalos de
un color rojo intenso, y en vez de oler a perfume olían a
sangre.
Los leones seguían allí, pero no tenían de qué alimentarse. El hambre
los enloquecía y los hacía más agresivos y peligrosos para los
hombres de la tribu.
El jefe de la tribu comprendió su ingenuidad y, con lágrimas en los
ojos, lloró arrepentido por haber permitido la cacería de venados y
antílopes. Pero ya era demasiado tarde. Una tarde, especialmente
tenebrosa y oscura, los leones hambrientos comenzaron a merodear
por la aldea, y después de acercarse sigilosamente entraron en las
frágiles chozas de los nativos y los devoraron a todos.
Adriana Lozano


No hay comentarios:
Publicar un comentario