miércoles, 23 de octubre de 2019

LECTURA: LOS LEONES HAMBRIENTOS

La aldea, emplazada en algún lugar perdido del África, era encantadora. Las casas de los nativos estaban hechas de madera y paja, y estaban alineadas alrededor de una estatua que medía varios metros de altura y representaba a su dios.

No lejos de allí bullía la vida salvaje que, a pesar de su salvajismo, guardaba un orden misterioso. Las plantas crecían libremente y existía una gran variedad de flores.

Los antílopes y los venados pastaban despreocupadamente, y además de hierba consumían hojas frescas de otras plantas. Los leones, por su parte, cazaban antílopes y venados; pero su cacería no afectaba la vida de las manadas, porque sólo cazaban a los ejemplares más débiles o viejos, mientras que los ejemplares fuertes y jóvenes seguían multiplicándose.

Había abundancia de pájaros y también de bulliciosos monos, espigadas avestruces y astutos zorros.

Muy cerca de la aldea corría un río cristalino y caudaloso, y allí bebían todos los animales de la selva por turnos para evitar conflictos.

Una tarde de verano, cuando el sol brillaba en el cielo como una pelota roja y gigantesca, llegaron a la aldea cinco hombres blancos, armados con poderosos fusiles, y reclamaron la presencia del jefe de la tribu. Cuando éste se hizo presente, los hombres blancos, a través de un traductor, le pidieron permiso para cazar venados y antílopes, con el fin de enviar su carne a los mercados de Europa. Inicialmente el jefe desechó tal posibilidad, pero después de varias horas de conversación, y deslumbrado por los collares de piedras artificiales y los relucientes espejos que recibió como regalo de los blancos, terminó por acceder.

Los hombres blancos se alegraron por esta decisión, favorable para ellos pero desfavorable para los nativos, y al día siguiente comenzaron la matanza de antílopes y venados.

La carne de los venados era transportada en camiones frigoríficos que llegaron hasta allí desde un puerto marino situado a 20 millas del lugar. La matanza se prolongó durante cuatro semanas.

Cuando los hombres blancos terminaron con todos los venados y antílopes, desaparecieron con sus camiones, tal como habían llegado. Pero la sangre de los animales muertos había fecundado el suelo, y las flores de las plantas comenzaron a abrir sus corolas con pétalos de un color rojo intenso, y en vez de oler a perfume olían a sangre.

Los leones seguían allí, pero no tenían de qué alimentarse. El hambre los enloquecía y los hacía más agresivos y peligrosos para los hombres de la tribu.

El jefe de la tribu comprendió su ingenuidad y, con lágrimas en los ojos, lloró arrepentido por haber permitido la cacería de venados y antílopes. Pero ya era demasiado tarde. Una tarde, especialmente tenebrosa y oscura, los leones hambrientos comenzaron a merodear por la aldea, y después de acercarse sigilosamente entraron en las frágiles chozas de los nativos y los devoraron a todos.



Adriana Lozano

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