viernes, 27 de septiembre de 2019

HOSPITAL

Hospital 

Es una lástima que habiendo una mañana tan hermosa, con el sol asomándose por las verdes y majestuosas montañas, mientras mis amigos elevan las cometas que han preparado durante todo el año, y mis amigas corren por el bosque jugando a ser árboles con trenzas que persiguen al viento y desean convencer a los pájaros de que sería muy bueno que anidaran en ellos, yo tenga que estar en el hospital. 

Todo porque me he sentido un poco mal, y mi mamá no se aguantó las ganas de traerme aquí, donde lo único que brilla es la baldosa blanquísima de la pared. Las enfermeras se deslizan por los corredores llevando en la mano terribles jeringas con droga, vacías, o llenas de sangre. Me debo ver muy graciosa con la bata blanca y acostada en la camilla mientras llega el médico. 

Lo único que espero es que me atienda el doctor Molina, el que tiene la cara y la sonrisa más hermosas que haya visto en toda mi vida. Siempre que he estado enferma él se ha encargado de atenderme, y al poco rato se me olvidan los dolores y me siento mejor que la reina de Inglaterra. 

El doctor Molina siempre me ha explicado lo que le sucede a mi cuerpo. Me ha hablado de lo importante que es mi aparato circulatorio y de su famoso motorcito: el corazón. Dice que es como una bombita que tiene sangre y que siempre está muy ocupado repartiéndola a todas las partes del cuerpo por medio de las venas y arterias, que traen y devuelven el material rojo que, a su vez, transporta oxígeno y elimina el dióxido de carbono que no necesito. Una vez me dijo que la sangre está compuesta por unos globitos -él les llama glóbulos- que pueden ser rojos o blancos, de acuerdo con la función que tienen: nutrición o protección frente a las enfermedades.

Mientras él me cuenta todas estas cosas no dejo de mirarlo, porque tiene una forma única de hablar y mover sus manos. Cuando me da estas explicaciones me siento como un glóbulo feliz, que recorre un cuerpo sano y bien alimentado.

Lo único que quiero saber es cómo va a hacer para explicarle a mi mamá la forma como cambia el ritmo de mi corazón, que funciona como un tambor africano cada vez que lo veo, y el rubor que se me sube a las mejillas cuando me habla. No sé cómo va a hacer para explicarle que no es por la fiebre que luzco tan colorada, ni porque esté gravemente enferma que mi pulso se acelera. Tampoco sé lo que él va a pensar cuando empiece a reirme por los puros nervios, pero espero que al final de la consulta me dé el beso en la mejilla que tanto he esperado mientras me saca sangre y me toma radiografías.

Gloria Liliana Garzón Molineros



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