Hospital
Es una lástima que habiendo una mañana tan
hermosa, con el sol asomándose por las
verdes y majestuosas montañas, mientras mis
amigos elevan las cometas que han
preparado durante todo el año, y mis amigas
corren por el bosque jugando a ser árboles
con trenzas que persiguen al viento y desean
convencer a los pájaros de que sería muy
bueno que anidaran en ellos, yo tenga que
estar en el hospital.
Todo porque me he sentido un poco mal, y mi
mamá no se aguantó las ganas de traerme
aquí, donde lo único que brilla es la baldosa
blanquísima de la pared. Las enfermeras se
deslizan por los corredores llevando en la
mano terribles jeringas con droga, vacías, o
llenas de sangre. Me debo ver muy graciosa
con la bata blanca y acostada en la camilla
mientras llega el médico.
Lo único que espero es que me atienda el
doctor Molina, el que tiene la cara y la
sonrisa más hermosas que haya visto en toda
mi vida. Siempre que he estado enferma él se
ha encargado de atenderme, y al poco rato se
me olvidan los dolores y me siento mejor que
la reina de Inglaterra.
El doctor Molina siempre me ha explicado lo que le sucede a mi
cuerpo. Me ha hablado de lo importante que es mi aparato
circulatorio y de su famoso motorcito: el corazón. Dice que es como
una bombita que tiene sangre y que siempre está muy ocupado
repartiéndola a todas las partes del cuerpo por medio de las venas y
arterias, que traen y devuelven el material rojo que, a su vez,
transporta oxígeno y elimina el dióxido de carbono que no necesito.
Una vez me dijo que la sangre está compuesta por unos globitos -él
les llama glóbulos- que pueden ser rojos o blancos, de acuerdo con
la función que tienen: nutrición o protección frente a las
enfermedades.
Mientras él me cuenta todas estas cosas no dejo de mirarlo, porque
tiene una forma única de hablar y mover sus manos. Cuando me da
estas explicaciones me siento como un glóbulo feliz, que recorre un
cuerpo sano y bien alimentado.
Lo único que quiero saber es cómo va a hacer para explicarle a mi
mamá la forma como cambia el ritmo de mi corazón, que funciona
como un tambor africano cada vez que lo veo, y el rubor que se me
sube a las mejillas cuando me habla. No sé cómo va a hacer para
explicarle que no es por la fiebre que luzco tan colorada, ni porque
esté gravemente enferma que mi pulso se acelera. Tampoco sé lo que
él va a pensar cuando empiece a reirme por los puros nervios, pero
espero que al final de la consulta me dé el beso en la mejilla que
tanto he esperado mientras me saca sangre y me toma radiografías.
Gloria Liliana Garzón Molineros
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